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  Psicomotricidad
 

 

En los primeros años de vida, hasta los siete aproximadamente, la educación del niño es psicomotriz. Todo lo que aprende se centra en su acción sobre el medio. Esto equivale a decir que su aprendizaje se construye a partir de las experiencias. Y estas experiencias son el resultado de la interacción de su cuerpo con el medio.


Mediante la Psicomotricidad el niño explora, investiga, aprende a superar situaciones, a enfrentarse a sus límites, a sus miedos y deseos, a relacionarse con los demás, a asumir roles. En definitiva, a explorar y transformar su medio.     


El cuerpo es el elemento básico de contacto con esta realidad exterior. Y por extensión, el movimiento es inseparable de esta relación. Esta interacción entre cuerpo y medio explica y constituye el desarrollo de todas las complejas capacidades mentales.

Se reconoce la existencia de una gran interdependencia entre el desarrollo motor, afectivo e intelectual. En la acción del niño se articula toda su afectividad, todos sus deseos, pero también todas sus posibilidades de comunicación. Por lo tanto, la Psicomotricidad desempeña un papel fundamental en el desarrollo armónico de la personalidad.

El niño nace con algunos reflejos arcaicos y una completa descoordinación de sus movimientos. Junto con sus órganos sensoriales son los únicos recursos de los que dispone para aprender a percibir y organizar el mundo que le rodea. Estos primeros movimientos se encuentran siempre dentro de un contexto emocional: primero con la madre; después con todos y todo lo demás. Este contacto es la base de la integración de su pensamiento que conformará el desarrollo de su personalidad.

En los brazos de la madre, el niño encuentra bienestar, calma, confianza, seguridad. El lecho de la madre le ofrece al niño las primeras sensaciones sobre sí mismo, empieza a distinguir lo que le gusta y lo que no, lo que le es agradable o por el contrario, desagradable. La contención de los brazos ofrece al niño la primera información sobre sus límites corporales. Dónde acaba él y empieza el otro.

El establecimiento de este vínculo afectivo permitirá poco a poco el desarrollo de la conciencia de sí mismo. Después, tomando como referente su propio cuerpo, irá adquiriendo conciencia de la existencia del otro y de los objetos.

Pero desde estas primeras manifestaciones hasta los siete años aproximadamente, hay un largo y complejo camino, acompañado siempre por el desarrollo y la maduración neurológica. El gateo primero, la marcha después, le permitirán nuevas posibilidades de percibir y discriminar estímulos (visuales, auditivos, táctiles, cinestésicos). Con ellas tendrá a su alcance nuevas formas de interacción y comunicación que le permitirán explorar el mundo y acceder a la representación mental del mismo.

Luego vendrá el lenguaje. Primero gestual. Después verbal. Del acto al gesto, y del gesto a la palabra. Las posibilidades que se le abrirán serán infinitas. El instrumento puesto al servicio de su pensamiento. Su curiosidad innata por saber, por descubrir, por manipular y transformar hará el resto.

Es un camino difícil. Si hacemos un alto y reflexionamos un instante, nos daremos cuenta de la cantidad de retos a los que el niño tiene que enfrentarse en ese largo proceso de su desarrollo. Retos diarios en los que cada paso precede al siguiente y cada uno exige más dificultad que el anterior. Situaciones a las que se enfrenta llevado por su afán de aprender, pero que a la vez le llenan de miedos y angustias.

Dada esta dificultad, no se puede dejar este aprendizaje al azar. Por ello nace la Psicomotricidad como conjunto de técnicas. Elaboradas para intervenir en la mejora del movimiento corporal, favoreciendo así la salud física y psíquica; desarrollando las posibilidades motrices, expresivas y creativas del niño a partir del cuerpo.

De esta forma la Psicomotricidad entiende al ser humano como una unidad funcional, una unidad psico-afectivo-motriz. Desde la Psicomotricidad le ayudaremos a adquirir una organización perceptiva que le permita captar las situaciones y una organización mental que le permita comprenderlas. Son los principios indispensables para que se realice un aprendizaje. Son la base de los objetivos que el niño tendrá que haber alcanzado antes de llegar a la etapa escolar en la que tendrá que enfrentarse con los retos de la lectoescritura.

Hemos visto cómo en los primeros años el movimiento adquiere su máxima dimensión como vía del conocimiento de sí mismo y del mundo que le rodea. Cualquier déficit en esos momentos esenciales, va a redundar en problemas de aprendizaje, personalidad o socialización. Lograr que el desarrollo del niño sea armónico es una tarea compleja que entre todos tenemos que alcanzar. El niño nos necesita.

 

 
 

 

 

 

 

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