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La lectoescritura es un proceso
intelectual mediante el cual transformamos un código de signos
gráficos en unas imágenes mentales, aptas para ser expresadas en
otro código que son los sonidos. Y a la inversa, la cadena de
sonidos verbales que utilizamos cuando hablamos, queda
transformada, mediante un código de signos gráficos, en lenguaje
escrito.
Etimológicamente Dislexia
significa dificultad con las palabras. Actualmente nos referimos
con este término a la dificultad en el aprendizaje de la
lectoescritura. En concreto, a una dificultad específica del
lenguaje escrito, sin que pueda ser explicado por un retraso
intelectual, por la falta de oportunidades socioculturales,
factores emocionales o defectos estructurales del Sistema
Nervioso.
Es clave esta discrepancia
entre la dislexia y el nivel intelectual para su diagnóstico. La
capacidad de lectura del niño está por debajo de la que cabría
esperar por su inteligencia.
Afecta a aquellas habilidades
lingüísticas asociadas con la modalidad escrita, particularmente
a lo referente al código visual y verbal, la memoria a corto
plazo, la percepción del orden y la secuenciación (Thompson,
1992).
Es un trastorno del aprendizaje
que se manifiesta por la dificultad para aprender a leer, para
deletrear y para manejarse con el lenguaje escrito. Sin embargo,
estas manifestaciones no se dan en el lenguaje oral.
Si en cualquier alteración del
desarrollo infantil, el diagnóstico precoz es importantísimo
para un buen pronóstico, en el niño disléxico, lo es aún más, si
cabe.
Es en la etapa del aprendizaje
de la lectoescritura cuando, padres y maestros, suelen descubrir
estos trastornos. Sin embargo, en la etapa preescolar ya podemos
observar ciertas deficiencias que pueden ser significativas y
que pueden alertarnos. No sólo en el lenguaje, sino también en
habilidades psicomotrices, perceptivas y del estado madurativo
en general. Podemos encontrarnos con:
• Desarrollo lento en el
vocabulario
• Dificultades para articular
o pronunciar las palabras.
• Torpeza al correr o saltar
• Dificultad para seguir
instrucciones.
• Dificultad para el
aprendizaje de hábitos
• Falta de atención
• Le cuesta abotonar o subir
una cremallera
• Falta de control con el
lápiz
• Le cuesta memorizar colores,
formas y tamaños
Hay que tener cuidado. Que un
niño tenga alguno de estos síntomas, no significa que nos
encontremos ante un niño disléxico. Identificar alguno de ellos,
debe servir como pauta de prevención para que podamos intervenir
a tiempo y, en la medida de lo posible, subsanar el problema
antes de que aparezca.
Ya en la etapa escolar, cuando
el niño se enfrenta al aprendizaje de la lectoescritura, es
cuando se descubren las dificultades y los problemas que tiene
el niño para acceder a estos contenidos. Encontramos rasgos que
nos pondrán sobre aviso:
• Inversión y desorden
persistente de las letras que se parecen (b y d, q y p ).
También de sílabas y palabras.
• Escritura en espejo, tanto
de letras como de palabras. También de números.
• Incapacidad para percibir,
codificar y retener una imagen simbólica con significado.
• Incapacidad para recordar y
expresar un mensaje lingüístico
• Trastorno severo en el
deletreo y la escritura.
• Dominancia lateral no
definida.
• Dificultad para ordenar y
secuenciar.
• Torpeza motora e
hiperactividad.
• Discrepancia entre el nivel
de lectura y capacidad intelectual.
• Dificultad para repetir
palabras polisílabas.
• Falta de ritmo y equilibrio
Que identifiquemos uno de estos
síntomas tampoco significa que nos encontremos ante un niño
disléxico. Ninguno de ellos es exclusivo de este trastorno, como
tampoco todos y cada uno, tienen que formar parte del niño
disléxico.
No sabemos con exactitud qué
causa la dislexia. Desconocemos cuáles son los factores por los
que un niño tiene estas dificultades para aprender. Los estudios
neurológicos apuntan a un defecto de maduración. En cualquier
caso, lo que sí sabemos es que tiende a agravarse con el
crecimiento. Como también sabemos por la experiencia diaria, que
un diagnóstico temprano y el conjunto de estrategias adecuadas,
pueden hacer mejorar al niño de forma considerable.
Tenemos que insistir en la
importancia de la detección precoz y la puesta en marcha de las
acciones adecuadas para el tratamiento. De entrada, evitaremos
en lo posible que se generen los problemas de personalidad que,
de lo contrario, se desarrollan en el niño y, que muchas veces
causan más problemas de aprendizaje que el propio trastorno.
Hemos de tener en cuenta que
para estos niños buscar la información en su cerebro, elaborarla
y expresarla, sobre todo a nivel escrito, es un proceso
sumamente complicado
Se sienten mal cuando son
conscientes que “los demás” son capaces y él no. Esto crea
angustia, frustración y fracaso. Con semejantes sentimientos,
difícilmente pueden abordar estos retos.
Me gustaría llamar la atención
sobre algunos tópicos o “cuentos” que todavía circulan. El niño
disléxico no es retrasado. No es vago. Quiere y necesita
aprender igual que los demás. Pero no puede. Algo en su cerebro
se lo está impidiendo. Que todavía no sepamos dónde está el
problema, no significa que éste no exista. Igual que damos todo
nuestro apoyo y comprensión a un niño con un déficit auditivo, o
con discapacidad visual, o con cualquier otra anomalía , hemos
de ser también comprensivos y respetuosos con el niño disléxico.
Él no tiene la culpa. |